Juntos somos más fuertes

Antes de las fiestas leí el libro Invisible, de Eloy Moreno. Me gustó el enfoque que da a un problema importante y real, la violencia, en este caso en la infancia/adolescencia, y me gustó lo bien que plasma esa pérdida de empatía que está sufriendo nuestra sociedad.

Me pareció curioso que llamase MM al monstruo. No sé qué significa para el autor, pero (aunque quede mal ponerlo aquí, como dudo que nadie lea ésto realmente, pues «de perdidos al río») para mí, tuve claro qué significaba, desde el primer momento. Hace mucho tiempo conocí a un ser horrible que se denominaba a sí mismo «Montón de M**rda». Al principio recuerdo que pensé «pobre, que duro es consigo mismo», después, demostró con creces que se conocía muy bien, porque lo era. De modo que, cuando leí el libro, mi cerebro enseguida lo asoció (a veces va por libre). Para mí todos los violentos lo son cuando emplean la fuerza, y como en el libro, no son más que cobardes que viven en desamor y buscan llenar su vacío interior haciendo daño. Por lo mismo me dan lástima y creo que necesitan ayuda para aprender a vivir, en primer lugar, amándose a sí mismos, y después aprendiendo habilidades para convivir en sociedad desde el respeto (que sin duda carecen de él).

Lamentablemente, nuestra sociedad está perdiendo la empatía y los valores (y es probable que también el sentido común, si alguna vez lo hubo). Quiero escribir este mensaje para los padres, porque me preocupa el mensaje que desde casa podemos estar dando.

Cuando un niño nos cuenta una situación de violencia que está viviendo o viendo, nuestra primera reacción suele ser protegerle, y ahí, dependiendo de nuestro propio carácter, podemos actuar enfadándonos, bien lanzando mensajes tipo «pues mejor no te acerques a ese niño si suele pegar» o, espero que en los menos casos, quitándole importancia «bueno, a veces la gente se pelea», «a veces la gente se enfada y contesta mal». Vamos a verlos de uno en uno.

El enfado no es contra el niño que nos cuenta su problema, aunque ésto él no lo sabe y debemos tener mucho cuidado con ello. Si me he enfadado al escuchar que pegan a otro niño o que le han pegado a él, debemos explicarle que «eso que escuchamos nos enfada tremendamente», porque no hemos podido defenderle, porque no lo consideramos una forma adecuada de actuar. Es bueno, en todas las situaciones, que guiemos a las soluciones a los niños a través de preguntas: «¿qué podrías hacer?», «¿qué se te ocurre que podrías hacer distinto si vuelve a suceder algo así?», «¿cómo se te ocurre que podemos ayudarle?». Y ¡ojo! siempre va a depender de en qué momento nos lo cuenta y de a quien se refiere. Es decir, si yo te cuento que llevo meses viviendo una situación de maltrato, no es el momento de estas preguntas, es el momento de actuar. Primero proteger siempre. Aquí creo que sería válido seguir el PAS de primeros auxilios: PROTEGER, AVISAR, SOCORRER. Yo añadiría en la P «prevenir» antes y también ahorraríamos sufrimiento.

Cuando intentamos proteger a nuestro hijo orientándole a no acercarse al compañero violento, estamos dejando solo al niño que sufre el ataque, que si fuese el nuestro, no nos gustaría que otros mirasen a otro lado, ¿me equivoco? Por lo tanto, el mensaje siempre debe ser de buscar ayuda. Si observo una situación de violencia, informo al adulto responsable y a mi familia. Igualmente estaríamos dejando solo al menor que actúa de modo violento, cuando las preguntas deberían pasar por: ¿qué le está sucediendo a ese niño para actuar así? ¿Estará sufriendo él mismo violencia? ¿Estará observando en su casa situaciones de violencia? ¿Estará viendo o jugando con contenido inadecuado para su edad?

En ningún caso deberíamos quitar hierro al asunto. Aunque consideremos que nuestro hijo sobredimensiona los problemas, aunque le tengamos por «quejicoso», la actuación más acertada sería por lo menos investigarlo. «Cuéntame qué sucedió». Y aquí, es muy útil una frase que empleo en autismo, porque, al fin y al cabo, la teoría de la mente se va adquiriendo, de pequeños somos egocéntricos, podemos recordarles «si no lo he visto, no lo sé, y mamá no estaba allí. ¿Qué fue lo que pasó?». Así iremos poniendo un poco de orden a la historia, quién/quienes estaban, dónde, qué hacían, cómo surgió el conflicto… Siempre adaptado a la edad del niño, su nivel de comprensión y expresión, también podemos ayudarle dándole la opción de pintarlo o empleando muñecos. Si estamos atentos, muchas veces durante el juego reproducen situaciones que les preocupan o han visto. Es un buen momento para descubrir frases que emplean sus profesores y cómo reaccionan en el aula.

El niño debe entender que vamos a ayudarle, que estamos con él para protegerle y guiarle, que le creemos (aunque debamos comprobar la gravedad de la situación). E igualmente debemos enseñarles que los adultos también nos equivocamos y, a veces (con la esperanza también en que sean las menos) los adultos de referencia les van a fallar. Añado este apunte, porque desde los colegios, me estoy encontrando muchas veces a profesorado que hace «la vista gorda», que considera que «Fulanito siempre se está quejando», «para lo que queda de curso ya no merece la pena abrir protocolos», daña la imagen del centro si abro un expediente… Pues bien, debemos dar validez a la realidad que están viviendo esos niños. No digo que sea «cierto» en todas las ocasiones, digo que al menos deberíamos observar un tiempo para comprobar qué está pasando. ¿Acaso no sé relacionarme con mis compañeros para jugar? ¿Puede estar teniendo algún problema el niño y reacciona de forma violenta? ¿Le faltan habilidades sociales? Y entiendo que el profesorado también necesita descansar, pero el recreo me parece el peor momento, porque es donde más surgen situaciones conflictivas. ¿Compensaría que les diésemos una pequeña pausa entre clases al establecer sus horarios y que se considere «hora lectiva» el recreo? Eso tendrían que plantearlo los implicados, solo hago una sugerencia.

España es un país reactivo, que no lógico. Dejamos que las cosas sucedan hasta llegar al extremo y entonces reaccionamos yendo al extremo opuesto. Es decir, primero normalizamos la violencia; cuando abrimos los ojos y decidimos aceptarla, todo era violencia, y ahora volvemos a negar la violencia. Primero normalizamos «bueno, ¿con quién no se han metido en el colegio? Y aquí estamos» (nadie se para a pensar en qué condiciones, ¿eso me llevó a fumar? ¿Eso dañó la imagen que ahora tengo de mí mismo? ¿Fue igual de viral que lo es hoy en día? ¿Mis amigos actuaron o estaba solo?). Después «dimos caza al bullying» y todo era bullying, desde un insulto puntual en un enfado a una situación real de violencia entre iguales mantenida en el tiempo cumpliendo las características. Ahora de nuevo estamos en el «son cosas de niños», «tiene que aprender a resolver sus problemas». No podemos pasar de la sobreprotección a la desprotección. ¿Qué tal si les damos herramientas para que aprendan a defenderse y reaccionar pidiendo ayuda? ¿Qué tal si mejor prevenimos y les enseñamos desde pequeños a relacionarse y respetar las diferencias? ¿Qué pasaría si les enseñamos comunicación asertiva, escucha activa, gestión de emociones? Obviamente teniendo en cuenta su edad y capacidad para reaccionar y adaptarse. Sabemos que el cerebro se desarrolla de atrás hacia delante. Sabemos que el lóbulo frontal es el último en madurar, y precisamente es éste quien controla todo lo que exigimos a los niños en el colegio (y en la vida en general), la atención, el autocontrol, la búsqueda de soluciones… Debemos guiarles y corregir su conducta desde pequeños, respetando las distintas formas de expresión de cada peque, pero siempre teniendo en cuenta qué podemos exigirles y dándoles margen de error para aprender y corregir.

Por la misma razón, nosotros somos los primeros que debemos examinarnos. Nuestros hijos son nuestro reflejo. ¿Cómo gestiono yo el enfado? ¿Grito? ¿Golpeo objetos? ¿Insulto (a otros o a mí mismo)? ¿Cómo me trato cuando me equivoco? Recordad que aprenden de lo que hacemos, más que de lo que decimos. Por mucho que yo te diga «nos tratamos bien, no hay que pegar», si cuando me equivoco me golpeo la cabeza a mí misma diciendo «soy id**ta, cómo no me di cuenta» o cosas peores. ¿Qué está aprendiendo el niño?

En mis charlas sobre pantallas insisto mucho a las familias que asisten a poner la mirada en el niño. ¿Qué modelo le estoy dando? Primero debo analizar el papel de la pantalla en mi vida. ¿Cuánto tiempo estoy yo con el móvil? ¿Qué ve él en casa? Y aquí aprovecho la entrada para prevenir acerca del sharenting, la información que comparten los padres sobre sus hijos y queda libre en internet. Os dejo enlace a un vídeo para reflexionar acerca del problema. Porque poner la mirada en los niños significa protegerlos, primero con lo que yo hago, cómo actúo, cómo resuelvo los conflictos, qué comparto con quién y cómo, cómo me trato y cómo trato a los demás…

En el tema de las emociones sucede lo mismo. Antes de enseñarles (o al mismo tiempo, pero siendo conscientes de cómo actuamos) debemos observarnos a nosotros mismos y corregir patrones erróneos. A veces cuando te observas también reconoces de dónde viene «claro, mi padre/madre actúa igual», a veces no. Os invito a realizar el ejercicio y analizaros. ¿Cómo gestionas tus emociones? Una vez que lo hagas visible a tus ojos, podrás empezar a corregirlo y juntos mejoraréis. ¡Mucho ánimo! Seguimos aprendiendo juntas familias.